• Tejedora de tradición tulahuenina

  • Tejedora de tradición tulahuenina

    La legendaria Tejedora de Tulahuén

    Las manos de la tejedora Uberlinda Castillo revelan el pasar de los años, pero también la destreza que la ha convertido en el patrimonio humano de su pueblo. Para conocerla viajamos hasta la sinuosa Ruta D-597 y nos sumergirnos en la imperante belleza del Valle del Río Grande en Tulahuén. Al llegar al lugar, no sólo nos maravillamos con sus paisajes, sino que también nos empapamos con la hospitalidad y el talento de su gente.

    Una longeva tejedora

    Era pasado el mediodía y el sol ardía en esta localidad rural, situada en la comuna de Monte Patria. En nuestro recorrido fuimos testigos de un tesoro invaluable en manos de Uberlinda Castillo (96); una longeva tejedora, nacida y criada en las cuencas del Limarí, quien junto a su hija Alicia Cortés (66), nos recibe amablemente en su casa y nos invitan a admirar su trabajo. Una pasión que la tiene hasta el día de hoy, reproduciendo hábilmente las técnicas enseñadas por su madre, Josefa Cortés, hace más de 80 años.

    “Yo tenía 12 años cuando mi mamá nos enseñó a tejer a mi hermana y a mí. Actualmente, soy la única que queda viva y aún sigo tejiendo. De esta forma me siento útil y me entretengo”, afirma risueña esta valiosa mujer.

    Trabajo meticuloso

    Sentada en su mecedora y rodeada de husos, torcedor y aspa, Uberlinda saca de una caja los materiales para empezar el tratamiento del hilado, donde delicadamente limpia la fibra de oveja, para luego torcerla y formar el ovillo. Un arte heredado que ha traspasado generaciones y, que la ha convertido en el patrimonio humano de su pueblo, ya que es una de las últimas conocedoras de esta mestiza técnica. La fusión de prácticas de la usanza hispánica en la época colonial, tal como la introducción del telar a pedales, y, por otra parte, el legado indígena a través de la milenaria utilización de sustratos y materiales provenientes del entorno, tuvieron como resultado hermosas confecciones de gran tamaño a base de fibras de origen animal y tinturas vegetales.

    Esta tenaz mujer nos explica cómo hacerlo. Primero, la lana se lava en un balde con agua fría; para luego enjuagar, tender y dejar sacar la fibra. Mientras tanto, los montes que ocupará para dar color al tejido, se hierven en un fondo de aluminio. Para la realización de sus obras, ocupa mollaca, la jarilla, romero, cáscara de nuez, hojas de espino y el pacul; este último difícil de conseguir porque “se debe ir a buscar a Combarbalá. Con el tiempo, las hierbas se han ido acabando y tuvimos que experimentar con otros montes. Luego se hierven y se mezclan con un poco de cenizas de higuera para que no se destiña”, asegura.

    Destejiendo un legado

    Mientras Uberlinda va formando finamente un ovillo de doble hebra; desde el otro costado del patio, su hija la observa con admiración y recuerda cómo aprendió a replicar este minucioso trabajo: “Mi mamá tuvo 15 hijos y yo soy la única que aprendió a tejer. Actualmente yo lavo y tiño las lanas con plantas naturales y ella las hila”, explica, mientras va colocando ante nuestros ojos ovillos de diferentes colores. 

    Pese a ser heredera natural de este oficio, Alicia asume que aprendió a diseñar estas artesanías para ayudarle a ella: “realmente a mí nunca me gustó tejer, pero yo lo hago para ayudar a mi madre, porque antes ella hacía todo sola”, confiesa. Cortés, consciente de su poca valoración y el nulo interés que existe por parte de las nuevas generaciones, condenan a que este trabajo artesanal desaparezca,  quebrantándose así, una estirpe familiar de tejedoras de Tulahuén.

    A su avanzada edad, Uberlinda hoy se siente cansada: “Antiguamente yo tejía, pero hace dos años atrás dejé de hacerlo porque el cuerpo ya no me acompaña” – afirma mientras gira rápidamente el huso en una vasija de metal, termina de hilar la lana y nos muestra el resultado con una sonrisa en los labios.